Memento Mori: Art Book

MEMENTO MORI: Libro de Arte

MEMENTO MORI
Borondo solo book
Producido por Chiara Caprasecca y Chiara Pietropaoli
Edición Yard Press
Memento Mori nace de la necesidad de Borondo de fijar en un libro lo que ha sido, para continuar con lo que será: en este libro el artista se deja descubrir con total libertad y honestidad, abriendo las puertas de su archivo y mostrando una parte desconocida de su obra, que representa de hecho el corazón de toda su producción artística: la investigación. Bocetos, borradores, referencias fotográficas, todo realizado por el propio artista y recopilado durante esos últimos años. Fotos tomadas a lo largo de sus viajes y en los caminos que recorrió, o por quienes caminaron a su lado. Todo el volumen nos habla del proceso creativo y del trabajo artístico de Borondo, desde sus inicios hasta 2014, también a través de cuatro ensayos de Edoardo Sassi, Simone Pallotta, Carmen Main y James Buxton. Un libro que está conectado con la calle, y con lo que la calle ha representado para este artista: la libertad y la oportunidad de basar su vida en el arte, y de mostrárnoslo a todos. La calle no tiene reglas para Borondo, y si las hubiera, él encontró la manera de romperlas. La calle no tiene límites, nunca está cerrada, siempre existe y siempre lleva a alguna parte.

N THE ROAD
Simone Pallotta para Memento Mori
Segovia. Un pasillo en penumbra. Un niño de pelo oscuro pinta pequeñas figuras en la pared, de puntillas. Los espacios vacíos que quedan son pequeñas porciones de una pared blanca fuera de su alcance. Necesitará una de las viejas sillas de la cocina para alcanzarlos. Aún queda espacio por conquistar. Los primeros espacios dedicados al juego del arte, una libertad maternal y delimitada. Quizá todo empiece por ahí. La historia de Borondo es aún corta de contar, sin embargo tiene una intensidad que nunca deja indiferente, al punto que nos empuja a mirar más de cerca para ver cómo encaja en el mundo. Como muchos otros también, ama la calle -un lugar donde la vida se muestra en forma de personas y experiencias, identidad y desviaciones humanas- y es capaz de transformarla, como pocos, en su mejor aliada. Le atrae porque es un lugar de comunicación frontal con los demás, el vecino, el extraño. «Un lugar de imaginación, pero no de divulgación», explica. De la casa familiar, al estudio de Josè Garcia Herranz en Madrid. De los muros maternos, a la casa de su profesor. Borondo tiene casi 15 años y Herranz tiene que prepararle para el ingreso en el Instituto de Arte; hace poco visitó la Capilla Sixtina, donde compró el póster del Juicio Final, que le acompañará durante mucho tiempo y desaparecerá mientras se traslada a Roma, para estudiar en la Academia, años después. Herranz le da libertad para experimentar, no le dirige pero le espolea, no hay una pauta de investigación definida, ni inspiración forzada, mucho material, deja que su pupilo arriesgue. Le lleva al Prado, donde pasean sin rumbo. No le influye, pero le guía hacia la parte más original de «sí mismo». Se da cuenta de la importancia de dejarle vivir su libertad como principal momento de inspiración. El Instituto de Arte no es más que un interludio entre el aprendizaje en el estudio de Herranz y el comienzo de su amor por el trabajo urbano. En la calle, comienza a evolucionar de las letras a las marionetas, luego pasa por algunos «motines artísticos» de contenido social y político, para aterrizar después en actos de «reinterpretación del espacio urbano». En ese momento, se mueve entre un acento ilustrativo y un impulso comunicativo, aún no ha comprimido la sensibilidad en poderosas estructuras humanas, en cuerpos parlantes. Estamos en 2010. La fascinación por el hombre, como forma plástica y compleja máquina de sentimientos y miedos, es el centro de la obra de Borondo, el tema para un análisis y el medio para hablar y hacer preguntas.
Todavía en 2009, sus temas luchan por vivir solos, hay una voluntad descriptiva que ilustra los pensamientos de forma directa, sin necesidad de erigirse en figuras majestuosas que son capaces de hablar con su mera presencia. Hoy, sus temas tienen una solemnidad, una fuerza interior que proviene de lo que Borondo define como «una iconografía robada a lo sagrado», una anatomía que recuerda a las figuras de Cristo y la Virgen María apiladas en el estudio de su padre, a la espera de ser restauradas. Cuerpos esculpidos desde las sombras de las noches, cuando Borondo vuelve a casa y los tiene delante, esperándole. Los gestos y las poses de sus figuras, en su quietud y en su anatomía perfecta y antigua, tienen un sabor a manierismo que Borondo desmonta con su uso valiente y muy moderno del color.
El hombre es el punto de apoyo de su pensamiento, el protagonista de un presente eterno, totalmente interior, donde lo sagrado no significa nada comparado con las profundidades humanas. El hombre es el artista en un juego de reflejos que proyecta siempre la misma imagen. Borondo reflexiona sobre el hombre, pero este hombre es él mismo. Como siempre, otros antes que él son fuente de inspiración, no podía ser de otra manera, pero antes de mencionar nombres, Borondo habla del uso de los «marrones en la pintura religiosa española» y de que son «pobres». Un «color pobre» es una mirada sinestésica de la pintura del pasado que revela la mirada política y civil antes incluso que la pictórica. Una mirada que se convierte en una actitud cotidiana, un ritmo creativo siempre centrado en el mundo interior de los hombres, nosotros y él incluidos. Los marrones y ocres oscuros son recurrentes en muros y obras pictóricas. Graduaciones de color que construyen cuerpos lívidos y fríos, dramáticos y austeros.
Si tuviéramos que buscar coincidencias, las encontraríamos en algunos cuadros de Zubaran y Ribeira, donde la luz ilumina fríamente a los sujetos, haciéndoles emerger de profundidades dolorosas y oscuras. También esta oscuridad, que sirve de fondo en las obras de estos dos gigantes de la pintura española, tiene el mismo papel en la práctica de Borondo: un horizonte siempre ausente, salvo un fondo plano e innecesario, donde el ser humano se erige como una presencia única sin un «antes ni un “después”, sino sólo un »aquí y ahora».
«Mi obra habla en presente, pero mira al pasado». Un desprendimiento inspirado de la modernidad perpetua, sin dejar de ser obstinadamente un intérprete del espíritu de la época, un artista capaz de hablar, aún hoy, de la interioridad del hombre a través de su figura. Luces y mezcla de colores de los maestros españoles, pero también algo más. Hablando de esto, tres nombres parecen resonar más que otros: Kanevsky, Freud, Kirchner. Una especie de breve historia del arte del siglo XX, una línea recta que la corta con una visión sintética, capaz de mirar la pintura como un tema en desarrollo sin fin, lugar de aterrizaje para muchos artistas que siguieron creyendo en ella y nunca la abandonaron. Lucian Freud y Alex Kanevsky parecen ser referencias bastante coincidentes para la obra de Borondo, tanto por la calidad pictórica como por la presencia constante del ser humano. Freud, en sus obras más logradas, utiliza el pincel como un cincel, juntando manchas tonales con tal violencia que los rostros y los cuerpos parecen magullados, carne que acaba de sobrevivir a una pelea. Kanevsky, por el contrario, crea esquivas y vaporosas figuras fantasmales, seres humanos que casi alcanzan la inmaterialidad. Hay una distancia pictórica entre ambos, y Borondo parece estar en medio de ella: una pincelada decidida junto a la evanescencia de la figura, aún más amplificada en sus obras sobre cristal. Pero hay más: a diferencia de estos dos autores, él elimina el fondo, no añade capas visuales que profundicen, no hay sofás, pasillos, habitaciones o ventanas. No hay un mundo exterior al que llamar, ninguna perspectiva que nos haga apartar la mirada del sujeto. Estamos frente a nosotros mismos, la figura es la única y central protagonista. Kirchner parece ser, entre los tres, una fuente de inspiración vital más que estética. El expresionismo es un cúmulo emocional que trata de exteriorizar la dimensión interior en un diálogo con el mundo exterior hecho de colores violentos, dando tono a los sentimientos; quizá sea este aspecto el que fascina a Borondo, la búsqueda de un vínculo entre el interior y el exterior, entre el hombre y el mundo, la voluntad de crear un diálogo entre la esencia y la materia. En otras conversaciones con Borondo, hemos hablado de Ernest Pignon Ernest y hay una razón. El artista francés, como Paolo Buggiani para Italia, es un precursor de lo que hoy llamamos «arte de la calle», confirmando una vez más el significado de este término como «contenedor» de diversas prácticas que ya estaban activas en los años 70. Sus obras sobre papel realizadas en cabinas telefónicas durante los años 90 habían servido de inspiración, luego manipuladas por Borondo a través de su personal técnica de rayado sobre vidrio, capaz de fortificar la fuerza comunicativa de los temas, gracias a las transparencias que crean un diálogo entre la figura y el paisaje circundante. Otros fragmentos de la realidad crean un fondo de la imaginación del artista, visiones cotidianas que lleva, concretamente, a su obra, porciones de vida que lo definen como un investigador enamorado del camino más que del descubrimiento. Ama la calle del mismo modo que ama la vida con su solicitud visual y emocional. Ese molde, que crea imágenes sin saberlo, se convierte, en un juego surrealista, en el punto de partida de una obra que lo utiliza y lo termina. Como una textura de color que se convierte en una curiosa pintura abstracta, en el intento de cubrir un graffiti. El agua con su reflejo amplifica la obra, la redobla. Los ojos se abren a la vida y a los gestos aleatorios de los demás y de la naturaleza. Así crea las «obras rayadas» sobre vidrio, mirando la témpera blanca de los escaparates de las tiendas deshabitadas e imaginando la fuerza de un rótulo que cortaría el espacio entre la calle y el interior, utilizando una profundidad imaginada. La ventanilla de un tren oscurecida por la pintura es el punto de partida de una estratificación de color, que transforma el cristal en soporte para utilizar y distorsionar la consistencia del nivel único de la pintura, barnizando el reverso de la misma en una secuencia de trabajo volcada. Muchas piezas de un vasto y nunca previsible universo visual, solicitaciones visuales que Borondo compacta en su investigación. No roba, comprime. Todas las piezas están reensambladas, limpias de escoria y de la necesidad de que aparezcan imágenes contemporáneas, convertidas en figuras atemporales sin referencias temporales, sin símbolos de la sociedad, la actualidad, el mundo o la cultura.
Las únicas presencias externas en sus composiciones son los símbolos, los animales y la naturaleza. Una intrusión que es objeto de la investigación actual de Borondo. El símbolo, en su obra, se desarrolla siempre a través de la representación del ser humano que habla con gestos, explica los conceptos a través de posturas inequívocas: las manos atadas a la espalda, dos cuerpos colocados uno al lado del otro que no se tocan y sólo pueden darse la mano, una mano que tapa los ojos de una figura que, a su vez, ocluye los oídos de otra. El poder evocador de un gesto estático. Los animales son, por otra parte, una especie de alter ego, un sujeto sobre el que es posible proyectar los insondables miedos y soledades humanas, son el instinto humano dormido que habita en su inconsciente. Una animalidad de la que tenemos que protegernos, que nos asusta, pero que es necesaria para seguir vivos.
Hoy, Borondo trabaja sobre la naturaleza. La consideraba como un nuevo interlocutor, el reflejo extremo de lo que somos, el único elemento al que pertenecemos y del que procedemos. Decidió que es nuestro único referente, nuestra única posibilidad de entendernos a nosotros mismos.
Comprender al hombre de hoy significa investigar su relación con la naturaleza y comprobar, a través de su enorme poder silencioso, nuestra capacidad de permanecer en el mundo.